jueves, 3 de diciembre de 2009


Todos nos creemos en posesión de la verdad. Juzgamos el mundo, las ideas, las creencias, la vida. Sabemos las pociones mágicas que solucionan la vida de los demás y osamos transmitirlas en cuanto tenemos ocasión. Así nos ponemos al corriente de cómo van las cosas en la vida ajena, de cuánto ganan, con quién se acuestan, quien les gusta, cómo visten, con qué se drogan... Vouyeaurismo que no entiende de distinciones culturales o locales. Lo mismo da que estemos en un pueblo, o en el centro de París. Que escuchemos a Mozar o a los Mojinos, que leamos a Hegel o el Lecturas, ser física o prostituta. Los demás se abren apasionantes ante nuestra mirada escudriñadora y, en ocasiones, envidiosa.
Quién no se ha sentido alguna vez mejor que el de al lado? Henchidos de orgullo por nuestras virtudes, parecemos incluso un poco más altos que el resto. Y corremos a contarle a alguien lo maravillosos que somos.
En una sociedad competitiva, competimos por ser más que el de al lado, olvidando cuáles eran nuestros sueños, de qué nos disfrazábamos de pequeños, con qué entreteníamos las tardes imaginando una vida feliz, lo poco que nos costaba que nos dejasen jugar en los parques, lo fácil que era hablar con el de al lado sintiéndose a gusto.
Realmente somos tan importantes? Es todo tan trascendente? Trabajar, pagar hipotecas, irse de vacaciones como hormigas que salen del hormiguero, dormir a la misma hora, despertarse para seguir produciendo, para conseguir cosas que nadie quiere cuando dejamos la vida, correr mirando el reloj de un lado a otro de nuestros lugares de residencia?
Sin hacer caso a esa comezón interior que nos llama esclavos cuando la oímos. La misma que nos hace ser consciente de que nuestro tiempo no se dedica a querer, a apoyar, a disfrutar de las cosas sencillas de la vida, que amanece todos los días y es un milagro, que nuestro planeta gira en un universo del que somos una parte minúscula. Esas cosas que no recordamos como importantes... Alguien podría tildarme de populista, y si, lo soy. Porque el populismo significa conectar con el de al lado, no juzgarle, intentar confluir en lo común, entenderse, encontrarse....
Cuando la muerte irrumpe en tu vida, te desgarra. Hace que todo este tinglado que tenemos montado carezca de sentido. Me veo a mi misma recogiendo la ropa de mis muertos. Todo ese montón de jerseys de marca, de camisas, de trajes que, sin su propietario, se quedaron sin valor. Abro armarios y descubro miles de álbumes de fotografías; comienza el reparto y siempre siempre siempre quedan las que nadie quiere. Momentos petrificados de comidas, risas, viajes, acontecimientos... Que inútil todo este afán de petrificarlo todo. Que inútil todas las cosas que acumulamos. Las casas atiborradas de muebles, figuritas, libros, recuerdos, manteles, sábanas, cacerolas y platos. Sobra todo. Todo es prescindible.
Cuando recoges las cosas de tus muertos darías lo que fuera por resucitarlos, por volverles a la vida para que ocupen el abismo que han dejado en tu alma, heridas que cicatrizan pero que sangran de vez en cuando. Ninguna de las cosas materiales, ni siquiera una cantidad de dinero que recibes en herencia, puede suplir su ausencia. Tras de ellos dejan una montaña de cosas que has de regalar, repartir, donar por la que ellos perdieron el tiempo, por la que se esforzaron y que ahora recibes, tú: heredero universal, como una carga inmensa. Somos creadores de basureros.

2 comentarios:

Blog A dijo...

Me gusta este post,es cierto cuantas cosa acumulamos y heredamos,pero también heredaste de tus muertos el amor que te dieron y sus palabras y sus sonrisas y aunque sea populista es bonito.
Un beso.

juan dijo...

Muy bueno el post me gusta mucho... tienes mucha razon en el...
No somos nada en esta vida... formamos parte de un algo pero no somos nada... hay quien se cree y con el derecho a saber lo que...
Pero... solo tenemos recuerdos...
VIVE EL PRESENTE PARA TENER UN BUEN FUTURO Y UN PASADO MEJOR...