lunes, 25 de julio de 2016

Nuevo día del desenganche de tu nombre, tus manos, tus ojos. La tecnología hoy se me ha puesto en contra y me regala con las fotos en las que sacaba hierbas de nuestro huerto, en nuestra casa. La misma que hoy me parece ajena, de otra vida.
Reviso mi postura corporal buscando alguna tensión que revele los motivos que me llevaron a incendiarlo todo, pero me encuentro en actitud relajada, feliz entre calabacines, tomates, flores. Puedo recordar la temperatura exacta del aire, el calor en la parte baja de mi cuello, el olor a tierra, las abejas zumbando alrededor de la hiedra que cubre el muro. Los liliums florecidos llenando el aire de olores rosáceos como su color. La verja verde que me servía de asidero para no perder el equilibrio cuando las raíces de las malas hierbas estaban muy enterradas. La ilusión con que plantaba cada uno de los pequeños plantones, la esperanza contenida en el deseo de que creciesen, diesen fruto. Tantos ratos disfrutando del tiempo de plantar y esperar, de cuidar y confiar. No supe hacerlo contigo ¿o si? En este instante en que la escritura vuelve a ser mi compañera, mi descargo, la que me escucha sin juzgarme todo se vuelve confuso. Alterando los tiempos de las cosas, las conversaciones, los silencios. Tecleo las letras de mis  post con la esperanza del arqueólogo, con la ilusión del descubridor de nuevos mundos, con la sinceridad de un juez justo. Deseando encontrarme en cada línea para aprender, para seguir o pararme, para vomitar lo que se haya quedado encajado.

domingo, 24 de julio de 2016

Desvisto mi piel de tu piel y alcanzo a colgar palomas en los relojes que aceleren el paso de los días. La cuenta del rosario desde que te fuiste prometiendo hallar momentos en los que quisieras verme. Dejo que el recuento de segundos vaya lentamente añadiéndole fechas al almanaque.
El aire parece detenerse por momentos e imagino que voy corriendo en tu dirección. Me frena la ausencia de un gesto que acompañe mi vuelo, me frena el pensar en que me estrellaré contra el muro que levantaste más allá de China. El miedo a encontrarte sin que me acompañes hunde mis pies en un verano desierto.
Sobrevivo, cuando parece que ya mis pulmones se rinden, tomo otra bocanada de aire, lo justo para seguir caminando con la espalda quebrada, el corazón retenido y la esperanza desesperada.
No consigo una visión que me presente en un futuro desconcertante, no consigo tener un sueño que lanzar al firmamento, no consigo ilusionarme en una vida vivida conjuntamente.
Como una huerta sin frutos arranco las malas hierbas que llevan tu nombre escrito con rabia, tus palabras insonoras esas que te dices en tu cabeza pero que no salen de tus labios, todos los momentos en los que creí en ti, los espacios vacíos entre nuestras manos, la búsqueda de unos ojos que me mirasen con el orgullo de lo correcto.
Puede ser que pidiera peras al olmo, estrellas al día o poesías al funcionario. Quizás anduve mirándome en un espejo que no reflejaba mi rostro, un espejo vampirizado que por imposible no quise ni quiero tirar a la basura donde acaban los objetos irreutilizables, los que están condenados a deshacerse en los basureros, rodeados de ratas y podredumbre. Sigo emperrada, en el fondo de mi una voz pequeñita, inaudible, aguda como el tintineo del hielo en una cueva, me impide una rendición absoluta. Esa que anuncio con clarines y fanfarrias hasta que me quedo sola, hasta que se hace oscuro, hasta que no hay nadie en mil millones de años luz. Y la desoigo, y le grito, y me enfrento a su inútil esperanza, a su creencia en que hubo amor, en que todavía lo hay.
Me parece estúpido seguir escuchándola, subo la música para no oírla y se aparece en forma de corchea y me engancha tirando de mi chaqueta para que la siga, para que que recorra los lugares ya andados. Consigue que me lea como fracaso, consigue que te rescate del cajón de lo vivido. Esa vocecita absurda e infantil que cree en hadas, duendes y princesas. Esa antítesis de la cara que me lavo con jabón. Esa que acallo en todos los momentos del día y que vuelve momento tras momento, pertinaz como un martillo, abriendo agujeros en mis palabras, en mis sentires, en mi voluntad de dejarla en la más absoluta de las mudeces. Esa insensata que no aprende, que no se rinde, que no deja ir. Aún emparedada entre los muros de la testarudez encuentra resquicios por donde colarse y dejarse oír nuevamente.
Esa voz idiota que espera un armisticio, disparando imágenes bellas, amadas, luminosas. Y yo ... yo rezándole a la luna para volverme inmune, sorda, para dejar de estar disociada.

martes, 28 de julio de 2015

Mendigos

LLueve y ventea en el comienzo de la primavera que no llega entre pétalos rosas, incendios de sangre, idilios líricos que mojar en los cafés al borde de la almohada.
Llega la primavera y me coge descolocada, desvinculada, destartalada, sin sombrilla para una luz que se desata en sepia por mi espalda.
Y los acertijos tienen todos respuesta, tan sólo la espera de encontrar los brotes que anoche planté en mi memoria. Sordo el amor no escucha las melodías que nacen al ritmo de su pulso. Afuera todo brota, todo brota menos la ilusión de ver nacer un nuevo día amarrada al oleaje de tus caderas. Sólo el píar de los pájaros, envueltos en danzas amatorias, llena los panteones familiares.
Pinto una cometa y la suelto a volar sin cordel. Alcanza altura, baja, vuelve a subir, revolotea en torno a si, y se incendia en contacto con el sol. Un ave Fénix que no parece volver a la vida porque olvidó recoger sus cenizas.
Un mendigo acerca su mano abierta: Alguien tiene una poesía para mí? Por el amor de Dios alguien me regala un poema?

Recorro estancias desatando los nudos que las telarañas de la indiferencia han ido acumulando con el paso de los años. Me siento yerma, vacía por dentro, cansada de empeñarme en dar color a una foto en blanco y negro. Mi paleta ha ido mezclando rojos, violetas y verdes a partes iguales y, ahora, un color indefinido llena mis pinceles. El lienzo que pinto está en blanco, quizás espere un paisaje, un bodegón o una mancha infinita que no signifique más que el hueco del tiempo en mi corazón.
Me animo a seguir adelante, a no preguntarme por lo que siento o pienso, a vivir según la manecilla que marca los segundos. Sin planes futuros imagino que todo puede ser, que nada puede ser. Y así, en la marea de lo desconocido, voy flotando como una barca sin remos.
De la falta de expresión de tu rostro, ya tuve noticias, mucho antes que las palabras agitasen el aire en el jardín. Abrazo mi falta de relevancia en tu vida con la esperanza de serlo en la mía, con el deseo de encontrarme querida, amada por mi misma, sin búsquedas de otros ojos, otros labios, otros oídos a los que encantar como la Sheherezade que se libra de su muerte por el ardor de sus fantasías.
Qué agotamiento, qué desgaste el buscar el amor dentro de un iglú, que engaño repetirme que puedo vivir sin pasión sin que eso me arrase el alma. Entre las fotos de nuestra vida me siento ajena, como un turista en una fiesta familiar en la que todos hablan un lenguaje desconocido. Quise ver estrellas en el brillo de tu mirada, quise ver panteras en los movimientos de tu pelvis, y solamente era yo. Desde el comienzo sólo yo. Empeñada en un amor que no tenía cimientos, que construyó una casa en la que la hiedra no dejaba ver las flores. Empeñada en calentar los témpanos sin expresión de las noches de invierno. Durante todo este tiempo he ido perdiéndome, desapareciendo, haciéndome pequeñita para caber en tu bolsillo. Nunca lo conseguí. Un fuego de resentimiento lo fue cubriendo todo, arrasando los pocos atisbos que aparecían en un esfuerzo sobrehumano por agradarme, esas cosas que siendo sencillas, parecían esfuerzos de titanes por tu parte. ¿No debe ser más sencillo el amor? ¿No basta con el interés porque el otro no sufra, no se duela, no se pudra de insignificancia?
Entono un mea culpa en este torrente de sinsentidos, me hago responsable de todos mis silencios cuando mi interior gritaba, de mis cansancios, de mis humores, de todo lo que tiene que ver con no aceptar tus musgos y tus líquenes. Te dejo ir, como una linterna flotante, en ella escribo las palabras del cariño que aún te guarda mi corazón y las plegarias porque tu vida sea muy feliz, o muy cómoda, o lo que sea que necesites que esté bien para ti. Gracias por el tiempo compartido, gracias por las cosas buenas, gracias porque tú no te perdiste, ni viste ángeles donde había palomas.

jueves, 4 de junio de 2015

Quién nos compuso el engaño


"Quién nos compuso el engaño de que vivir es apostar a no perder?"

La sociedad del confort que no conforta,
la amistad digital que no calienta,
las parejas que no aman,
los niños que molestan,
los ancianos que pesan,
los indigentes que afean,
los satisfechos insatisfechos,
los medios incomunicados,
el arte que desaparece,
la danza que se mutila,
la literatura que adolece de trilogías,
el sol que sale a destiempo,
la lluvia que no cesa,
la fruta que desova en las acequias,
el mar con sus islas de plástico,
el cuerpo de prótesis, falso escenario
la juventud sin conciencia,
prohibido ser mayor,
lábrate un futuro sin dolor
sonríe, mete tripa, whisky,
falsificaciones, mentiras,
flotamos como naúfragos,

Y también la luna impertérrita,
las flores abriéndose, dándose,
los últimos destellos de generosidad,
las arrugas de la vida bien vivida,
una mano que se ofrece,
un minuto en unos ojos,
las huellas en la arena,
los trinos de los pájaros al amanecer,
el por qué de un niño asombrado,
la humedad de la emoción,
la alegría compartida,
dar vueltas,
el movimiento de las hojas de un árbol,
las algas tiñendo de verde las piedras,
las estrellas de las noches de verano,
los brazos que acogen,
el apoyo del silencio,
las calas desiertas en horas sin ruido,
la música interna,
lo simple, lo auténtico, lo natural,
la vocación de estar vivo,
los colores del atardecer,
un bosque respirando,
el roce de piel con piel.

No hay engaño en el perder del vivir, quizás solamente no dejarse ir en la corriente. Nademos, nademos hasta encontrarnos!





lunes, 3 de junio de 2013

Las líneas de tu rostro se borraron


no recuero el recoveco en el que solía descansar mi cabeza tras los largos días de invierno. El olvido se llevó la rutina que envolvía las artes amatorias sin manuales de instrucciones.


A fuerza de no usar mi nombre, se te vaciaron las letras y los números, los puntos cardinales y las siestas.


Mis fotografías olvidadas en un cajón no piden el rescate de un secuestro voluntario, amarillean junto a los aromas del castaño familiar, los sonidos de las hebras de cabellos ancestrales cayendo silenciosamente sobre las alfombras. Me pregunto si tan siquiera los muebles guardarán el recuerdo de la silueta de mi cuerpo, tantas veces en su material horadada. Este ejercicio de la memoria, rendida a la injusticia del olvido, al no reconocimiento, al destierro, me lleva paseando por mi vida como en una película en la que los transeúntes no envejecen, siguen jóvenes y me saludan sonrientes como si nada hubiera pasado.


Me recuerdo como era, sin saber aún quién soy, fuera de apellidos y contrastes. Me recuerdo sin reconocerme, en el ahora, en el ya que lo invade todo dejando fuera futuribles, planes. Me muevo en el presente como la hoja otoñal que lleva el río, consciente de su dirección hacia adelante, ignorante de si su destino la conducirá al mar o la detendrá en sus riberas. Abonaré la nueva vegetación o seré devorada por algún pez que me confunda con algún nutritivo insecto? Creo que no tiene la mayor importancia, mientras renuevo el aire de mis pulmones la corriente sigue su curso, lenta, tranquila, segura. Solo en los espacios en los que el agua se estanca, el sonido de la luz lleva tu nombre en uno de sus brillos. Es entonces cuando vuelvo al pais de los enanos como una anciana alicia con artrosis que le impide colarse por las puertas, crecer en los pasillos, correr por pasadizos y madrigueras de conejos... El tiempo pasa y la memoria se estanca.

jueves, 25 de abril de 2013

Si el sol se ocultase tras las hebras de tu cabello, saldrían las fanfarrias, mudas como nubes en el funeral del orgullo. No subo escaleras de tres en tres tras tu sonrisa que huele a burla, a distancia. Recorro las salas de la memoria en las que la música aún sigue suspendida en el aire. No encuentro nuestra canción posada entre las sábanas.
Anoche quise robar tu corazón, una pequeña incisión que apenas se nota en tu pecho. Latía sin demasiado convencimiento, como un tambor destensado. Quite las telarañas, los polvos del pasado, las pesadillas del proyectarse en un futuro del que no sabemos nada. Cuando terminé mi labor, esperanzada, el hueco de tu cuerpo en el colchón me guiñó el ojo desde la almohada. Y me quedé con tu corazón en la mano, latiendo tímido y sin cuerpo. Estremecido por las primeras luces del alba, huérfano de venas que caliente sus huecos anhelantes de sangre, ríos de lava revilitalizadores.
Aquí sigo, con tu corazón en la mano, esperando a que tu cuerpo le eche de menos, a que tu cabeza necesite sentir el impulso de su llamada, a que notes que es mi nombre el que
recita su movimiento.

viernes, 17 de agosto de 2012


El verano ingrato se lleva los retazos de las siestas con mosca, los petalos ajados de las rosas rojas, el olor a lluvia, a cesped cortado en las primeras horas de la mañana. La salitre del mar en el aire con aromas de algas y peces. Las risas en el viento unidas a los diminutos gránulos de arena que se sacude de las toallas, las rocas, los cuerpos. El rumor de las olas espumosas, esas que brillan en la oscuridad de las noches en las que solamente en el agua se encuentra consuelo.
Los cohetes que estallan en las mañanas, llamando a la fiesta, conjurando juramentos tanto a favor como en contra. Los mercadillos al borde de cuneta, las pulpeiras siempre humeantes, siempre brillantes, siempre sonrientes y generosas en carnes. Los ladridos de los perros que se contestan de parroquia en parroquia.
El olor a jazmín, las limonadas para la sed, Las chaquetas hechas de sombra en las caminatas de vuelta de la playa, saltando entre las dunas. El fresquito de las primeras horas de la mañana, ese que trae memoria de los rocíos de la madrugada.
Los kirikís de los gallos que no siempre son atinados en cuanto a oportunidad y entonación.
La luna, testigo misterioso, entre callejas y susurros.
Los amigos que como la marea se retiran con la promesa de volver.
Las eternas comidas que se convierten en cenas sin que el paso del reloj haya sido percibido.
La ciudad desierta a las horas en que el sol no da tregua.
Las frutas jugosas y dulces que se desacen en la boca con redondas formas rojas.
Libertad de horarios y caminos, promesa de aventuras o quietud del aire y las ideas.
Los libros llenos de arena en los que guardar alguna flor, amapolas de los senderos que transitar sin que nos lleven a ninguna parte.
Las comidas playeras, capaz de darle el sabor de lo excelente a aquéllo que por su cotidianidad pasa desapercibido.
El sudor de los cuerpos bailantes en todas sus posiciones.
La ropa que acaricia.
La desnudez que no necesita abrigo.
Los cambios de planes que nos sorprenden.
La vida llena de colores, sabores, olores.... Los cinco sentidos abiertos en canal. El verano que se descubre despidiéndose en las hojas de los árboles que comienzan a posarse en mi jardín y que me llevan a plantearme que pronto el reloj volverá a reposar sobre mi muñeca.