lunes, 20 de octubre de 2008

Mujer habitada


El prisma de mi ventana se rompe en pequeños arco-iris, danzan en las paredes violetas que me contienen. La luz tenue que roza mi piel calienta sin quemar el cansancio de un día de trabajo.
Recorro la habitación con mis ojos; por si me reconozco en los objetos que la adornan y me hallo de nuevo en las conchas, de nuevo en la gorda bailarina que cuelga del hilo dorado donde, suspendida, soporta en puntas la ligereza de una obesidad flexible. De nuevo en las piedras semi preciosas que llenan la cesta que la amistad tejiera en aquel maravilloso viaje; de nuevo en el espejo en el que la ninfa italiana sigue tomando su baño.
A mi derecha la estantería repleta de libros que leí en su momento y alguno nuevo que me espera. Las bibliotecas son las coordenadas de la propia historia, revelan el ser de quienes las poseen, hablan a gritos de la vida, las necesidades, las dudas, los desengaños, las alegrías. Peldañitos de una escalera desde la que configuré el mundo, mi mundo.
También la música me transporta a horas pasadas y me promete más horas de compañía. Todo lo viejo se hace nuevo, alquimia de esperanza, de ahora, de después.
Mi reflejo en el espejo sonríe, sereno, carente de histriónicas emociones ni de enormes dudas. Me dejo conducir por el flujo de lo vital que siento en mi cuerpo. ¿Es la de siempre? ¿Soy la de siempre? En momentos como este, en el que todo parece confabular para la paz, creo que no. Que soy otra más relajada, más segura, más acompañada por la certeza de no estar sola.
La presencia del cariño impregna las paredes como pintura renovada todos los días. Qué grato, que acogedor el abrazo con el que mis ojos se abren cada mañana. Que inspirador salir por la puerta a trabajar, a luchar con las obras, el tráfico, las prisas, sabiendo el lugar exacto en el que quiero estar. Que coincidencia que este lugar sea mi habitación, con este sol, estos muebles, estos adornos, esta sensación de placidez. Que raro se me hace que no quiera cambiar nada, que todo esté bien, que no haya deseos, ansias, bajones...
Puede ser que la paz se contagie ¿no crees?

4 comentarios:

Meiga en Alaska dijo...

Cómo me alegro de esa paz, mari. Sin histriónicas emociones ni enormes dudas :)

Yo creo que todo es contagioso en este mundo, especialmente las emociones y sensaciones.

Un beso enorme, cariño mío

Mirada dijo...

Claro que si :-)
Todo cambia, y ahí está nuestra fortuna.
Muchos besos corazonciño

Rocio Ramos Morrison dijo...

desde luego ese lugar mas calmado, sin tanto sube y baja, y con la certeza de estar en tu lugar, con la certeza de pertenecer, de SER, es absolutamente maravillosa..que te acompañe mucho tiempo..

pd si miras vuelos ocn antelacion puedes encontrar algo, pero con un mes o asi... me encantaria una visita....aqui siempre bienvenida seras, de todo corazon (2os findes me voy a madrid y 4os a galicia y ultimo de noviembre curro todo el finde)...
muases a mares

Néctar dijo...

Al fin llega la paz, no sabes cuanto me alegra que esa sensacion recubra tu piel, tus pensamientos, tu casa. La felicidad no llega, está ahí, solo tienes que querer verla,... aunque a veces sea difícil. Disfruta el aquí y el ahora, que es lo único inmortal que nos roderá mientras respiramos. Un beso.