viernes, 15 de julio de 2011

Los paraísos perdidos


Flotaba sobre la piscina dejándose llevar por los destellos dorados que el sol producía en sus párpados cerrados. Los brazos extendidos en forma de cruz y un apacible bienestar en su rostro.
Del otro lado de sí misma comenzó a llegar una música suave, que captó su atención distrayéndola del dolce far niente. Era su canción, la canción con la que años atras se identificaba. Esa que apuntas como tu canción favorita en cualquier tipo de encuesta o conversación.
Subió por los acordes de la guitarra como quien escala una gran pared, para volver a tener 20 años, para volver a tener aquel cuerpo que funcionaba a la perfección, aquellas ganas de vivir, reir, descubrir. Frente a frente con su yo más luminoso, buscó en el presente algún islote en el que poder resistir el paso del tiempo.
En su pensamiento una negación ante la manida frase de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero igual de manoseadas, de intrascendentes, de estúpidas le parecían aquéllas que hablaban de la sabiduría de la edad, o de la madurez como trofeo, o que la mejor edad de una mujer es a partir de los cuarenta años. Ella había conocido la felicidad, el amor, la aventura, las emociones a flor de piel, los descubrimientos más importantes de su vida a los veintitantos. Para ella el tiempo se detuvo en esa edad. Pensaba que no había hecho cambios significativos desde entonces, a no ser aquéllos que se derivaban de nuevas experiencias o conocimientos. Si, efectivamente, ahora sabía más, pero mucho se había perdido en el camino.
El desamor trajo desconfianza y desesperanza, los otros cambios vitales la sensación de que nada permanece inalterable, la necesidad de adaptarse. La muerte trajo vacíos, ausencias aún lloradas en los días en los que los que se fueron te hacen falta, te hace falta su sonrisa o su mirada atenta o su consejo o el orgullo de pertenecerles, de sentirles, de quererles.
No estaba en contra de envejecer, signo inequívoco de que uno está vivo. Solamente es que en esos momentos el tiempo pesaba como losa y lo que se marchó se teñía del color de la ligereza....
"En estos días no hay absolución posible para el hombre
para el animal, la fiera que ruje y canta ciega
ese animal remoto, que devora y devora
primaveras"

2 comentarios:

De cenizas dijo...

El poder evocador de la música, y del olfato, es increíble.
Y sí, envejecer. Siempre es mejor envejecer que la otra alternativa.


besos

mirada dijo...

Hay etapas con las cuáles dependiendo de las circunstancias de vida me es más complicado empatizar, pero ciertamente la vida es muy sencilla y mágica si se vive sintiendo el instante del ahora, sin apegos, sin agarrarse... Bueno la teoría la sabemos muchos, la práctica sólo unos pocos... aquellos que se permiten vivir plenamente.
Te estimo mucho, Ana.
Un abrazo enorme cargadito de besos.