martes, 21 de septiembre de 2010


Carlos Izaguirre bajó la vista. No soportaba la mirada de su madre. Tras su parloteo adivinaba todos sus reproches, para él simplemente era demasiado. Carlos estaba anestesiado, no sentía nada por ninguno de su familia. Sólo en las ocasiones en las que la enfermedad o las deudas lo acuciaban recurría a ellos para pedirles ayuda. Eran momentos de grandes aspavientos, llantos y gritos de desconsuelo, amenazas de suicidio o accidente fatal que dejarían a su mujer y sus hijas protegidas economicamente para el futuro.
Siempre en el mismo orden Carlos recurría a su despliegue dramatúrgico que tan bien funcionaba. Primero cubatas en alguna asociación cultural, después se compadecía de él mismo imaginando enfermedades terribles entre las cuales resaltaba sobremanera la parálisis total. En especial la de su miembro viril, cosa que le hacía sentir poca cosa, inútil, un semihombre, un ser deshauciado para la vida. Cuando las lágrimas acudían a borbotones y su tono era el adecuado, tras contarle al camarero lo cruel de su existencia, agarraba el móvil y llamaba a su madre. Ella entraba al trapo en seguida, preocupada ante la angustia de su hijo, le instaba a que regresase al hogar materno en el que le escuchaba durante horas y le aconsejaba que dejase ya la vida de crápula que llevaba, que se separase de su mujer que no le quería y le tenía dominado y que diese buena cuenta de varias bandejas de leche frita que un santiamén preparaba. Si el asunto tenía que ver con el dinero o la salud, acudía con la misma solicitud en su ayuda, llegando a abandonar su propia vivienda y trasladándose a la casa de su nuera a la que no podía ver ni en pintura.
Pero siempre siempre siempre después sobrevenía un tiempo de desencuentro, una bronca por las cosas más variopintas: una contestación desafortunada, un desacuerdo en cualquier tontería, un no cuando querìa un si, la llegada de la familia de su nuera... Cosas poco graves que curaba el tiempo y que se olvidaban ante el nuevo ataque de pánico y lágrimas del señorito Izaguirre.
Pero esta vez no, esta vez la cosa era más grave, los insultos menos desatinados, las flechas envenenadas mucho más certeras y el dolor que dejaron mucho más sentido.
Esta vez se trataba de herencias, de lugares, de espacios propios y ajenos, de reconocimientos y afectos. Esta vez ninguno de los dos podía mirar al otro tras meses sin encontrarse. Esta vez sólo la densidad del aire que les rodeaba era incortable. Nada de lo que pudieran hacer o decir los demás ayudaría a que la tensión se disipase. Incluso sus dos hijas, demasiado pequeñas para entender nada, estaban agarrotadas con la abuela, entendiendo en su inconsciencia que no había que ser demasiado cariñosas con ella.