viernes, 1 de agosto de 2008

TODO INCLUIDO



Acabo de regresar de un viaje a la península del Yucatán, México. Mi piel aún conserva la humedad de un ambiente de iguales partes acuiferas y lumínicas, el resplandor del sol que nunca cesa, la claridad de unas aguas verdes esmeraldas que muestran todo lo que contienen, el olor de la vida saliéndose por cada esquina, por cada trocito de tierra, por cada hueco en la piedra. El caribe mexicano es una metáfora de superviencia, de llanuras ganadas a una superficie que se desgasta llenándose de agua, de peces, de selva.
Una se siente pequeñita en la inmensidad del verdor salpicado de rojo que rodea sin asfixia la vida cotidiana. Las casa de adobe, parecen literalmente tragadas por la vegetación que no da tregua. Allí madres, hijos, familias enteras amasan tortitas entre el calor del aire y del fuergo a partes iguales.
El contraste, siempre el contraste por todas partes. El despilfarro de los complejos hoteleros que secan los cenotes para instalarse insolentes encima de una arena blanca hecha de desechos de coral que no se calienta, por la que puedes andar a 40 grados sin que las palmas de los pies queden pegadas a sus granos, las pilas de comida no digerida, cogida con los ojos y no con la necesidad apilándose en mesitas y recicladas por los cuervos que se acercan dándose el festín de la occidentalidad. Y unos metros al otro lado de la carretera el adobe, la necesidad, las chozas hechas de hoja de palma, donde el aire acondicionado está totalmente fuera de condición, los bikinis se transforman en vestidos coloreados, trenzas recogidas, chamaquitos corriendo entre la polvareda y los vestigios de camionetas, motos, cubos.... El lujo y la supervivencia viviendo juntos, a escasos metros, dándose la mano en desigual relación. A quién le importa cuando uno tiene una pulsera que le da entrada al paraíso? Es pintoresco sacar fotos de la pobreza cuando llegas al hotel y frente a ti se despliega un sinfin de manjares: frutas, carnes, ensaladas, pescados, pasteles. A quien puede importar la diferencia? Yo pago mi todo incluido, pero desincluídas las cosas feas, las necesidades de otros, el expolio de un país en el que la mayor parte de la población sobrevive, se busca la vida como puede, observa el carnaval del occidente sintiéndose no invitado al festín.
Ojalá todos estuviesen incluídos, todos pudiesen disfrutar de un mar que te abraza, que te muestra millones de peces de colores que nadan a tu lado, complices de una danza compartida, del festín de una mesa llena de aquello que te apetece, de la música entretejiendo ambientes en los que dejarse llevar.
México, país maravilloso, paraíso para los que pueden, los que tienen "lana", encrucijada para los que la buscan...
Inventemos un mundo en el que sí todos estemos incluídos.

3 comentarios:

Meiga en Alaska dijo...

Bienvenida de vuelta a tu lado de Occidente, mi chula. Veo que el viaje ha debido ser intenso, por lo que cuentas.
Parece que hasta os escapasteis por los pelos del huracán, no?
Pues nada, a ver si nos "vemos" pronto
Besitos

Néctar dijo...

Bienvenida a occidente, bienvenida a tu casa, a tu mar, a tu cielo. Creo que aquí, como en todas partes, también hay desigualdad. Es un tópico pero para que haya tanta riqueza debe haber pobreza, es un simposio necesario e injusto a la vez. Es la vida con sus irregularidades, aquí pasa lo mismo, ves en un momento a gente dandose un homenaje en un restaurante carísimo que ni siquiera valoran y a la vuelta de la esquina a un indigente peleando por poder dormir en un hueco de algún edificio para despistar las huellas del rocío.
Aún así, espero que hayas disfrutado de tus vacaciones en el paraiso "todo incluido", en verdad las tenías bien merecidas. Seguro que has sido una excelente compañera de viaje.

Mirada dijo...

¡qué experiencia tan plena!Sigamos construyendo ese mundo.
Un beso