domingo, 6 de marzo de 2011


Y amanezco entre rayos de un estupor nuevo y desconocido, entre bajar la cuesta que separa mis dos nombres y envolverme de ti para dormirme soñando nubes algodonosas, grandes como universos. Colmarme de ti en un respiro, vaciarme por dentro de palabras y tildes. No recordar ni esperar nada, sin pasado lejano ni futuro presente, simplemente estando, quieta, despejando las telarañas que cubren de niebla mis pestañas. Sin cuerpo, sólo mi corazón latiendo al ritmo de las estaciones.
Quito las malas hierbas de mi jardín y planto buganvillas entre columnas, deseando que crezcan y florezcan en esta nueva casa. Me siento en la galería y reconozco la savia burbujeante del nogal que abraza la visión de mi misma allí sentada. Escuchando el viento, el piar de los pájaros que se acercan sin miedo a recoger las miguitas que esparcimos por el suelo. Y todo parece tan sencillo, todo tan cercano ... Descubro las pisadas de los años en los suelos de la casa. Quiénes recorrieron esas estancias? Estarán impregnadas de amor sus pinturas? Qué nos depara el sonido del mar en las noches de verano. Inquieto mi ánimo me conmino a parar, a no desear, no juzgar, no buscar más manchas al sol, no tratar de alcanzar el lado oculto de la luna para cambiarle el color, para plantarle flores al desierto.
Cómo dejar de querer vaciar de arena las playas, cómo no contar las gotas que prenden en mi pelo tras la lluvia, cómo dejar de ver lo que está oculto, cómo ser simplemente, llanamente, cómo estar de acuerdo con los líquenes y los musgos.

2 comentarios:

De cenizas dijo...

Vamos haciendo la fotosíntesis de los segundos vividos... clorofila de los recuerdos.


besos

mirada dijo...

:-) todo es mucho más sencillo cuando nos dejamos ser, gracias Ana, por ser y estar otra vez.